VIDAS IMAGINARIAS: MARCEL SCHWOB

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Por Andrés Galán

<<Son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias>>.

Jorge Luis Borges.

Las vidas imaginarias de Marcel Schwob recogen un amplio abanico de existencias disparatadas y sufrientes. Entre ellas se detallan las idas y venidas de filósofos arrojadizos, poetas romanos, herejes, prostitutas, pintores y piratas. En realidad, lo de Schwob va de desgranar vidas ilustres y anónimas. El autor no discrimina por falta de méritos, considerando que la carne de una ramera sin nobleza se deja literaturizar del mismo modo que las peripecias de cualquier emperador o ministro. Los biógrafos, piensa Schwob, nos han malacostumbrado. Muchos, creyéndose historiadores, han querido privarnos de retratos admirables. No son pocos los individuos que sin entrar en el Olimpo de la Historia se han marchado antes de prestar testimonio. Las fosas comunes están repletas de estos relatos sin revelar. Naturalmente, la biografía de Albert Einstein, científico y filósofo, puede resultar estimulante, pero no más que el relato de Ana María, cajera en un supermercado de Lavapiés. A ver quién tiene narices de legitimar el periplo de Maria Antonietta, reina de Francia, por encima del recorrido realizado por Xiaoyan Chen, vendedora de cerveza en Malasaña. Marcel Schwob otorga dignidad a la vida de poetas y asesinos, de jueces y hechiceras. De este modo, nos narra de forma intensa pero concentrada, las vidas de: Empédocles (supuesto dios), Eróstrato (incendiario), Crates (cínico), Séptima (hechicera), Lucrecio (poeta), Clodia (matrona impúdica), Petronio (novelista), Sufrah, (geomántico), Frate Dolcino (hereje), Cecco Angiolieri (poeta rencoroso), Paolo Uccello (pintor), Nicolás Loyseleur (juez), Katherine la Encajera (ramera), Alain el Gentil (soldado), Gabriel Spenser (actor), Pocahontas (princesa), Cyril Tourneur (poeta trágico), William Phips (pescador de tesoros), El capitán Kid (pirata), Walter Kennedy (pirata iletrado), El mayor Stede Bonnet (pirata por temperamento) y Señores Burke y Hare, (asesinos). Ninguno ostenta puesto de privilegio, y si una vida se narra antes que otra, es por la elección de un ordenamiento temporal. Todas resultan igualmente conmovedoras, y de elegir, uno diría que las biografías de Katherine la Encajera y Gabriel Spenser alcanzan verdaderas cotas de excelencia. De Schwob no podemos esperar la verdad, al menos, no en sentido neto. Coqueteando con los hechos y la ficción, el autor alcanza, paradójicamente, otra verdad ineluctable. Y ésta no es otra que aquella que ofrece la literatura. El acto de libertad que permite al escritor imaginar superando y tergiversando los hechos históricos, acaba por ofrecer una perspectiva superior: la del espíritu que se eleva para observar el mundo desde arriba. Este es, en el fondo, el papel del arte.

La biografía que el escritor francés dedica a la malograda ramera de París, no es más que la exposición de esa certeza que todos sospechamos y que, sin embargo, ninguno nos atrevemos a suscribir: que la vida de un individuo, dentro de todas sus formas y posibilidades, puede narrarse en un puñado de páginas. Sin lamentos ni laureles. Dignificando aquello que sucede entre el nacimiento y la muerte, con sus pequeñas alegrías y miserias. Con el corte en seco que por lo general cercena casi todas las vidas imaginadas por Schwob. Puede que Katherine, ramera, no sea más que un ente imaginario, otro personaje que vive y muere dentro del espacio que el escritor le concede con relativa clemencia, pero a la larga, tampoco resulta difícil imaginar la vida de una prostituta anónima en el París del siglo XV. Una de verdad, con sangre y pieles. Con nombres y apellidos. Con partida de bautismo y defunción. Hay que pensarla zigzagueando entre tabernas escasamente iluminadas y callejones salpicados de orines. No hay que ejercitar gran cosa la imaginación para reconocer en Katherine una verdad olvidada, cuyo destino no es otro que el de morir estrangulada por un puñado de monedas. La misma verdad de Katherine está en la breve y patética vida de Gabriel Spencer, el actor que se deja la existencia durante el periodo de teatro isabelino y a quien, como consecuencia de sus delicados rasgos, siempre le tocó hacer de mujer. Herido de muerte, según Schwob, en duelo, hoy los huesos de Spencer se confunden en algún punto indeterminado del subsuelo londinense. Otras veces, el escritor prefiere no cerrar la biografía, considerando que la muerte del individuo retratado no hace honor a las peripecias vividas por éste. Es el caso de la trilogía de retratos sobre piratas que Schwob realiza al final del libro. Los tres apresados y ahorcados. El cadáver del Capitán Kid permaneció más de veinte años colgado en plaza pública. Para entonces solo se le reconocía por los vistosos trajes con los que tanto se pavoneó en vida. En realidad, lo de Schwob recuerda a esas bellísimas y profundas biografías que Stefan Zweig dedicaría años más tarde a personajes como Montaigne, Nietzsche o Proust. Pero lo que en Zweig era detallismo y exploración psicológica, en Schwob es minimalismo haiku. Miniaturas biográficas de precisión y belleza que no pasaron desapercibidas para los escritores que llegaron después. Entre éstos, destaca, sobre todo, Borges, quién reconocerá la influencia de Schwob en su Historia universal de la infamia.

Marcel Schwob muere un 26 de febrero de 1905 en París. Justo el mismo año en que Proust decide abandonar la vida mundana para encerrarse y comenzar su mastodóntico proyecto literario. Acababa de regresar de Samoa, isla del fin del mundo donde había desembarcado tras un catastrófico viaje para visitar la tumba de su idolatrado Robert Louis Stevenson. Está enterrado en el cementerio de Montparnasse, donde las tormentas de verano derraman gotas de lluvia sobre la tumba de Charles Baudelaire, poeta satánico, y de Jean Pierre Andrzejewski, joyero cornudo.

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