EL INFIERNO SON LOS OTROS: ALGUNAS NOTAS PEREZOSAS SOBRE EL MARQUÉS DE SADE

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Si hay un individuo que expresa como nadie el paradigma de la salvación mediante el acto creativo de la escritura, ese no es otro que Donatien Alphonse François de Sade. Nadie mejor que el autor de Las 120 jornadas de Sodoma para ejemplificar la necesidad del arte como salvación contra la locura. Encarcelado durante el Antiguo Régimen, censurado por la Asamblea Revolucionaria y por Napoleón, Sade resulta inasimilable tanto para los de arriba como para los de abajo, igualmente incómodo para reaccionarios y liberales. Ni la rancia aristocracia francesa ni Robespierre lo ven con buenos ojos, por eso pasa más de treinta años en prisión; primero en la Bastilla, después en un sanatorio mental donde escribirá obras de teatro satíricas que posteriormente representarán los locos. ¿Se puede alcanzar cotas más altas de malditismo? La imaginación romántica lo ha dibujado escribiendo con su propia sangre (quizá por eso hoy, sus libros se imprimen con tipografía roja), pero esa rebeldía constante lo hace perder más de una vez el tintero. ¡Escribiré con mi propia mierda si es menester!, grita colérico a los guardianes del sanatorio. Así pasa las tardes tristes en la ciudad del Sena. Cuando no llora de desesperación hecho un ovillo en el jergón, escribe y corrige de manera obsesiva. De ese modo va ordenando los fantasmas que lo poseen para desembocar en una obra literaria tan fantástica como ilegible. El propio Bataille asegura que nadie puede terminar un texto de Sade sin sentirse enfermo. Y tiene mérito. El divino marqués, que imaginó sin temor todas las combinatorias posibles de crueldad, jamás practicó acto criminal alguno. Lo suyo fue, más bien, una nostalgia de ese poder real que años atrás había ejercido la nobleza europea, y es que la generación de jóvenes aristócratas franceses a la que Sade pertenece apenas ostenta un poder simbólico. Esta nostalgia, mezclada con unas tendencias sexuales ciertamente singulares y con una obsesión desmedida por la muerte, hacen de Sade un escritor extraordinario, capaz de crear un sistema filosófico que todavía hoy muchos se empeñan en catalogar como la respuesta a la filosofía kantiana.

El imperativo sadiano es el de la aniquilación consustancial a la naturaleza. El del asesinato que el fuerte, el déspota, el privilegiado, ejerce contra el débil y el desamparado. No puede existir tema más actual; en palabras de Simone de Beauvoir, Sade se adelanta a la lucha de clases. No obstante, en el filósofo francés, el Mal es inmanente a la propia idea de mundo. Está en su raigambre. Por eso, si la naturaleza es criminal, el individuo no debe privarse de estas tendencias, en el fondo, naturales. Esta re-negación del mundo se sustantiviza en una sexualidad anal que no es más que el rechazo a toda potencia. La negación misma de la generación y la creación. De la vida misma. Es bastante probable que el autor de la Filosofía en el tocador tuviese una relación conflictiva con su madre. Lo que es seguro es que de alguna manera, Sade lleva al límite el pensamiento que se cuestiona acerca de cómo los privilegiados pueden justificar su posición. Estira la moral de los señores y enarbola la bandera de la libertad sin límites, es decir, aquella que evidencia el problema de la alteridad. El otro como limitación a mis ansias y deseos. A mis pezuñas, garras y dientes. En ese sentido, para Sade, el infierno son siempre los otros. O lo que es lo mismo, aquel que representa el límite de nuestra ambición solipsista.

Como decía el escritor español Rafael Chirbes, queremos comernos aquello que amamos, o en el caso de Sade, aquello que deseamos. Destrucción-aniquilación y, en cierto sentido, desenmascaramiento de todos esos valores piadosos que más tarde fusilará Nietzsche. Pero como buen maldito, la jugada le sale cara al filósofo. Su encierro, antes que nada, es una persecución contra la libertad de expresión. ¿Acaso se puede enchironar a alguien por los libros que escribe? Queremos creer que no, por mucho que estos se asomen a aquello que como individuos europeos y civilizados nos enferma. Sade termina sus días gordo y demacrado. Su obesidad llega a tal punto, que apenas puede moverse. No es ésta, precisamente, la imagen de un libertino fuera de sí. Al contrario, en sus últimos años, Sade es la viva imagen de un hombre derrotado. En sus ojos azules se adivina un pasado enérgico, furioso y colérico. Una mera sombra de lo que fue. Siguiendo la doctrina de su pensamiento, y con una pobreza que le llega hasta los dientes, el divino marqués solamente tiene una última voluntad: que su tumba sea cavada en el bosque y borrada inmediatamente con tierra. Que no quede ni rastro de su nombre en la Historia. Naturalmente, también en esto, nuestro hombre fracasó.

 

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