LA BELLEZA DENSA: COMENTARIO A UNA NOVELITA CORTA DE YASUNARI KAWABATA

imperio02

Por Pablo Rey

Uno entra en el librito País de nieve (1948) de Yasunari Kawabata como el que se va adentrando en el reino de los sueños. Alejándose de la realidad para ir perdiéndose poco a poco en un mundo de ensoñación. No es casualidad que en la primera escena del libro, el protagonista admire el onírico reflejo de los pasajeros de un tren en el reflejo de un cristal neblinoso. Título adecuado al tono de la obra, al aura general. Una especie de bruma parece que transita cada palabra.

El país de nieve es un lugar concreto. Región situada en la isla de Honshu, donde llega a nevar durante la mitad del año, lo que quiere decir la mitad de la vida de los lugareños, alcanzando los cuatro metros de altura. Cuatro. Más de dos veces yo. Sin duda un lugar característico, frío, donde la luz, el frío y el ambiente deben modificar la vida de todo el que pasa por ahí. Los balnearios con sus Geishas, parajes típicos del Japón, deben ser allí espectaculares por el contraste entre las aguas termales de la montaña y el perenne frío que puede considerarse ya un trasfondo o un animal instalado en el hogar. Sin embargo parece que esa nieve, ese frío, no es sólo el escenario, es el estado mental de los protagonistas.

El protagonista es un soñador en el sentido más literal de la palabra. Adora los sueños por encima de la realidad. No sólo por esa escena inicial en la que los reflejos en el cristal enmohecido le transporta a un mundo de fantasía irreal y pletórico, sino por su trabajo, escritor y crítico de ballet, no habiendo visto una sola danza en toda su vida. Llega a insinuarse que si pudiera verla, probablemente no lo haría, prefiriendo el sueño a la realidad, lo esperado a lo acontecido. ¡Ah! Bucólico protagonista y a la vez clásico, el bobalicón romántico que desdeña la realidad porque no complace las expectativas ilusorias. Es además la belleza la salvación. La belleza en el ballet, en el paisaje, y finalmente en la mujer, aquello que busca y ansía, aquello que le saca de la apatía de la vida, del desencanto, la muerte, y toda una sarta de adjetivos negativos que cualquier romántico bobalicón implanta sobre la vida real.

Lo que tenemos entonces es lo que yo llamo un buscador de la belleza densa. Esa belleza que es como una plasta pegada al estómago. Belleza pura, perfecta, inmaculada. A la vez frágil, inocente. Rompible por el más mínimo quiebro de la realidad. Esta belleza es la que ve en la Geisha que en apariencia le enamora, Komako. Pero ésta se enamora de él y esto rompe el encanto. Ya no se trata de la belleza inmaculada. Se ve en ella la desesperación de la realidad -pues ella está enamorada pero no es capaz de ser sincera, no muestra sus emociones, en definitiva, es una dramática-. Por ello aparece en escena otro personaje, la bella juvenil e inocente Yoko.

La gracia es que Shimamura, el protagonista, busca esa belleza compulsivamente, pero no pretende jamás mancharse las manos. La busca en la distancia, como todo soñador que se precie. Sin duda es un tipo inteligente. Pero demasiado distante. Y distante no sólo para las protagonistas o para sí mismo, también para el lector. No muestra sus emociones en ningún instante. No hace una sola confesión sincera en toda la obra. El narrador nos cuenta algunos detalles de sus impresiones, pero son siempre ambiguas e interpretables.

Ellas, como he dicho, son inaguantablemente dramáticas. De nuevo no expresan sus emociones con sinceridad ni una sola vez. Sólo se muestran, ambiguamente, en descuidos, borracheras, o en reacciones culpables. Muy culpables. Es ésta, la culpa, una sensación que recorre a las dos mujeres de la obra. Como si amar fuera un pecado, como si vivieran en un trágico universo determinista donde la tragedia forma parte preestablecida de sus vidas. Y no sólo en el amor.

Esto es lo que vemos. Los personajes parecen creer que viven relaciones muy intensas, condensadas en pequeños detalles y descuidos, desmesurados de significado. ¿La realidad? El autor representa un universo flaco y enfermizo. Transcendental a más no poder. Vaporizante y neblinoso, nunca consumado. Los personajes son, en general, débiles y apáticos, deseosos de salvarse, que no de vivir, pero incapaces a la vez de lograrlo. Efectivamente se trata, en mi opinión, de una tragedia. De la tragedia de la posible frialdad absoluta de la vida.

Son todos los personajes, para mí, como el paisaje que se describe. Fríos a más no poder, llenos de nieve, blancos, idénticos. Pero a la vez en búsqueda constante de una mínima y agradable calidez interior. Un sueño, una promesa de salvarse. Ese balneario que está en medio de la montaña de nieve y que reconforta, es como ese sueño de amor, esa promesa de sentirse querido y mecerse agradablemente en una belleza materno-paterno-filial, basada en el cuidado y la mesura.

El mayor problema, el culmen de la apatía, es que tras un sueño viene otro sueño. No llega uno nunca a despertar ni a vivir la peor de las pesadillas, el caos y la ausencia total de salvación -es decir, la desesperación-. No. Nada importa. Si Komako se muestra real y por tanto manchada, aparece Yoko. Si ésta tampoco sirve, el año siguiente se buscará una nueva promesa. El protagonista tiene su adicción al ballet, a los reflejos, a los balnearios.

En definitiva, frío. Frío absoluto. Frío inconsistente. Ese frío que esconde a menudo la belleza japonesa, como de un volcán apagado. De emociones solapadas por la nieve, soterradas, hirviendo tan sólo por dentro. Propias de su paisaje. Con sinceridad, no sé si la tragedia es queriendo o el autor es tan soñador y apático como sus protagonistas. Pero a pesar de la crítica psicológica, he de decir que el librito se disfruta como un agradable bocado. Es, además de exasperante, tierno y conmovedor. La lectura es bella y el estilo, sin duda, magnífico. Que la minusvalía psicológica de los caracteres no redunde en un menosprecio de la calidad literaria del libro.

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