SOBRE UNAS CARTAS DEL JOVEN HERMANN HESSE A SUS PADRES (DE 1892)

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Por Pablo Rey

No nos dejemos engañar por los estereotipos, la adolescencia no siempre es la edad más dura. Sin duda suele conllevar una oposición clara, el hombre contra el mundo -hasta entonces sólo existe el mundo, reducido normalmente a los padres, amigos y entorno inmediato-. En algún momento quiere nacer el hombre e irremediablemente debe luchar para quitarse el cascarón y limpiar el blastodermo pegado a su piel. Pero esta oposición no es lo peor que nos podría pasar. La adultez, la temida crisis de los cuarenta -adelanto de la clásica crisis de los cincuenta-, en definitiva, todas las crisis de identidad y de choque entre realidad y expectativa son duras. Y no siempre queda toda una vida por delante. Me refiero únicamente a las crisis personales. Por supuesto hay atrocidades ante las que parecen palidecer las crisis de identidad, pero si afinamos mejor la puntería nos damos cuenta que todo enfrentamiento con lo descabellado -la muerte, un trauma, una debilidad extrema de carácter- lo que implica de fondo es una pregunta profunda de identidad. ¿Quién soy yo y por qué me pasa esto a mí? ¿Cómo supero el mal que atenta contra mi persona, que me hace pequeño y débil?

La adolescencia no tiene porqué ser la edad más dura, he dicho, y sin embargo puede serlo. Tan sólo huyo de la necesidad. Pero no vengo aquí a escribir sobre la adolescencia en general, sino sobre una en concreto. La de Hermann Hesse. Concretamente de las cartas que le escribió a sus padres desde los estudios de seminario en el grisáceo monasterio de Maulbronn o desde la cárcel-sanatorio de Stetten. Son documentos muy reveladores para el que, siendo un obsesivo de la personalidad como yo, guste de diseccionar a vivos y cadáveres en busca de comprensión de caracteres. Proporcionan además ese grato placer de reconocer en la realidad lo descrito en la literatura. Pues el que se haya adentrado mínimamente en Hesse sabe que éste siempre ha escrito sobre sí mismo. Y no es un secreto, pues el autor lo ha reconocido a menudo y él mismo ha explicado algunos de los paralelismos entre vida y obra, reconociendo que partes de Bajo las ruedas (1906), del Lauscher (1898), o Demian (1919), narran literalmente parte de su infancia. En algunos de sus textos autobiográficos relacionó qué parte de su vida estaba explicada en qué relato, etc. Para mí es un soberano placer y una excitación encontrar en las cartas a sus padres un comportamiento claramente descrito en Demian, así como ver de primera mano aquello contado en biografías –Y todo comienzo tiene su hechizo (2002), de Alois Prinz- o sólo intuido.

Y es que para quien no lo sepa, la infancia de Hesse fue terriblemente problemática. No lo fue por nacer en una familia con apellido Voorhees o Myers, sino por nacer en una época poco propicia para su temperamento. Mimado y colmado de dones naturales, se crió feliz hasta el final de la escuela elemental, destacando en la familia y compañeros. Son momentos que ya en las cartas recuerda con nostalgia como bellos, frágiles y perdidos irremediablemente. “Así me pasa a mí; he dejado lo mejor que poseo, mi amor, mi fe y mi esperanza en Boll. Y qué contraste: En Boll jugaba por ejemplo en la bonita sala al billar con amigos queridos y agradables; las bolas de marfil ruedan silenciosas, se oye el crujir de la tiza, risas y bromas. O estoy en el cómodo sofá, juego con alguien a las damas y al lado oigo los acordes sonoros y majestuosos de una sonata de Beethoven” le escribe al padre en una carta de 1892 desde el sanatorio de Stetten. Sin embargo, reconoce que el problema no es el exterior, sino el interior: “Pero el principal contraste está en mí mismo. Ya no abrigo en mi interior la tranquila felicidad, la vibrante pasión de Boll, sino un vacío muerto y desolado”. Esta época es recordada eternamente, en la mitología interior de Hesse, como tierna y feliz, y así comienza también Demian, relatando una época de luz en la que el mundo de lo oscuro estaba lejos, en otro lugar, y en su hogar -que es siempre un reducto interior- reinaba la armonía, la paz y la tranquilidad, las buenas emociones y los juegos. En definitiva, la dulce,  mimada y monótona alegría infantil. Así que no se puede decir que su infancia fuera tortuosa. Más bien todo lo contrario. ¿Cuál es entonces la fuente de sus problemas? ¿Por qué chocar contra el mundo cuando es mullido, de algodón y azúcar?

September 1956, New York, NY

Las primeras cartas desde Maulbronn a sus padres parecen cartas amables y amistosas. Cartas que cualquier crío amado podría enviar a su familia si se encontrara lejos, contándoles el día a día, la nostalgia de su casa o que le hacen trabajar mucho. El pequeño Hesse se queja de que cada vez tiene menos tiempo para leer a Schiller, a Wieland, a Kant. Tiene 15 años y siente la presión de Maulbronn como una cárcel que le impide desarrollar su verdadero afán: la poesía, la literatura y las letras, unidas a las grandes pasiones del hombre, a un destino épico. Las cartas son, por lo tanto, amigables. Hasta que el padre de Hesse, el misionero Hesse recibe, en Calw, el 7 de marzo de 1892 un telegrama que dice, sencillamente: “Hermann falta desde las 2 horas. Rogamos envíen posible información”. Y es que toda catástrofe tiene un inicio, al menos uno declarado. A continuación se inicia una correspondencia entre el padre de Hermann y el profesor Paulus -en representación del director del monasterio-, hasta que Hermann vuelve al día siguiente, el 8 de marzo, a las 11:55 horas. Dos días después Johannes Hesse recibe una última carta del profesor Paulus, en la que le recomienda que Hermann abandone inmediatamente el monasterio, por su propio bien y por el de sus compañeros, carta acompañada de los honorarios a pagar causa de la búsqueda de su hijo -un total de 27,70 marcos-.

Un rasgo que se deduce de lo acontecido es que los padres de Hesse poco sabían de lo que su hijo urdía realmente por dentro. Y eso ya es una señal del carácter que se estaba empezando a forjar en Hermann, ese carácter que le llevará a escribir finalmente Demian, testimonio de su vida, de su camino y su personalidad. La disensión con el mundo, la falta de comprensión, la soledad alienada, la sensación, en general, de no pertenecer a ninguna generación. Le cuenta Paulus en una de las cartas al padre de Hermann que los compañeros del joven Hesse le contaron que le aquejaban periodos de exaltación, de extremas pasiones, de “poemas exaltados y en parte excesivos”. Es evidente que en el monasterio no debían tener precisamente retratos de Schiller en las aulas. Ni de Heine, ni de Hölderlin. Lo curioso es que en ese entorno, y como se demuestran en las elocuentes palabras de la correspondencia del adolescente Hesse con su padre, se consideraban como excesivas y exaltadas cualquier emoción romántica, pues la calma, la tranquilidad, el orden y en general la parsimonia eran síntomas de buena conducta mental. Las pasiones reflejan una debilidad de carácter. Varias veces dice Hesse que no es un “débil mental” como aseguran los padres o los profesores del monasterio, todos aquejados de cristianismo exacerbado, de calma redentora y asesina. Por lo tanto el apasionado adolescente contuvo en su interior todas las llamas y deflagraciones naturales de su carácter hasta que no pudo más y tuvo que escapar. Dos rasgos son hasta ahora los que pueden manifestarse tan sólo con estas breves cartas: un temperamento apasionado y deslimitado, y una tensión connatural a su educación que le llevó a esconder, si no a rebelarse contra sus pasiones, a la vez que alabarlas. En consecuencia se forjó un carácter solitario y huraño, alejado de la sociedad, siendo más amigo de los lagos y animales que de los hombres, como es propio del primer Hesse, un romántico clásico.

Pero aquí no acaba la cosa. Esta tensión entre su temperamento natural y sus circunstancias no se curarán hasta mucho tiempo después, siendo el principal tema de reflexión en su obra -la lucha del hombre que se busca a sí mismo contra el mundo que nada entiende de ello-. Fue expulsado del monasterio con la siguiente recomendación: “Durante la investigación de su delito se ha puesto de manifiesto que le falta en un alto grado la capacidad de autocontrol y de mantener su espíritu y sus sentimientos en los límites necesarios para su edad y para su educación fructífera en un seminario. […] En segundo lugar, creemos que su estancia en el Seminario puede convertirse en un peligro para sus compañeros. Hermann está demasiado lleno de ideas exaltadas y sentimientos exagerados, a los que tiende a entregarse en exceso. Si los comunica a sus compañeros puede suceder, como hasta ahora, que no encuentre comprensión y , en consecuencia, se sienta, según sus propias declaraciones, aislado e incomprendido, o que con el tiempo arrastre, como es de temer, a otros hacia su anormal y morboso mundo de ideas y sentimientos”. Varios de los juicios que realiza el profesor Paulus son absolutamente aterradores para mí y para cualquier carácter apasionado o tan sólo libre. En primer lugar, se palpa en todo el juicio el miedo al descontrol, el pánico al caos y a la ausencia de mesura, por supuesto absolutamente irracional. Se le acusa de no poseer el autocontrol y los límites necesarios para alguien de su edad. El ambiente que vivió Hesse debió ser agobiante, represivo y descorazonador, en el sentido literal de la palabra, arrancándole el corazón. En segundo lugar, muestra sin querer el profesor cómo se sentía Hesse: sólo e incomprendido. Rodeado de oscuridad y de rechazo. En tercer lugar, es curioso que en ningún caso se habla de nada más que de emociones exaltadas. ¡Y por eso se le juzga y se le mete, a la fuerza bruta, en un sanatorio mental!. No era necesario ser un criminal o haber perdido la cabeza, tener visiones o ser físicamente violento, sino que bastaba, en su caso, con tener emociones exaltadas. Me resulta curioso y aterrador que el profesor Paulus acuse de morboso y anormal el mundo de ideas y sentimientos de Hesse, cuando precisamente tanto él como sus padres son los que le acusan por actos imaginarios, actos que no ha cometido, es decir, por, literalmente, sentir demasiado.

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Porque en el mundo en el que vivió Hesse, idea que me atrevo a decir aún permanece en parte, sentir es un crimen. Sentir es una anomalía, y es algo, en general, peligroso. ¿Cómo reacciona el jóven Hesse? De la única forma que encuentra en un mundo que le es hostil, un mundo que, como cuenta en Demian, le perteneció largo tiempo pero ya quedó atrás: luchando. Se vuelve agresivo, nihilista y pérfido. Odia a sus padres, odia a Maulbronn, odia el sanatorio y, sobre todo, se odia a sí mismo, hasta el punto de desear la muerte. En las siguientes cartas, todas enviadas a sus padres desde el sanatorio de Stetten, poco queda del dócil niño mimado. El angelito se ha convertido en un monstruo. Es agresivo y desea la muerte. Le escupe a los padres en una carta que no les quiere. “<<Padre>> es sin duda una extraña palabra; yo al parecer no la entiendo. Según creí, designa a una persona a la que uno puede querer y quiere de todo corazón. ¡Cómo me gustaría tener una persona así!” le escribe Hesse al padre. “H.Hesse, nihilista (¡ja, ja!)” firma otra carta. “Me podría ahorcar tranquilamente o cualquier cosa por el estilo, pero ¿para qué?” escribe en otra carta, cuando no le pide directa e irónicamente una pistola al padre.

Pero la rebeldía, el desprecio manifestado y el nuevo carácter insoportable e increíble de Hesse -imagino que los padres, literalmente, no podrían creer en qué se había convertido su criatura, a la vez que debían sentir su corazón roto- no era producto de un adolescente prepotente. Realmente no era comprendido en su entorno. Afirma categóricamente, en una extensa e interesantísima carta al padre -tal vez la más importante- no creer en Dios. “No puedo ver en ese Dios más que una ilusión, y en Cristo nada más que un hombre, aunque me maldigáis mil veces”. Y no es un mero ataque. Sus cartas son lúcidas e inteligentes. Critica la actitud materialista imperante en el sanatorio, donde tan sólo importan las prácticas y las apariencias, y se siente incapaz de tener una conversación privada interesante. No hay arte ni sentimiento, no hay pasión ni nada que comentar, al fin y al cabo, todas esas son cosas exaltadas, morbosas y anómalas. Pero no es una simple rabieta, y puede verse cómo en prácticamente todas las cartas les reprocha a los padres una total falta de comprensión, de cariño y de aceptación. Parece que le trataban como a un enfermo y a un débil mental, al fin y al cabo le metieron en un sanatorio, y es cierto que no le debieron proporcionar comprensión, cariño y respeto, no al nuevo Hesse. No al que ya no era su pequeño pajarillo. Al demonio, al de grandes pasiones, al exaltado, no se le comprende, se le encierra. ¿Era el Hesse adolescente un mojigato? Reto a cualquiera a leer las cartas escritas con 15 años y compararse a sí mismo. Sin duda, no estaba en paz, necesitaba de aceptación y no le bastaba con sentirse diferente por dentro, rodeado de un mundo que no le comprende, buscando su lugar aquí y allá. Pero qué podemos reprochar a alguien quien jamás ha conocido su lugar. Al fin y al cabo, Hesse no solicita más que respeto por su propia identidad. “Vosotros, como gente piadosa que sois, decís: <<La cuestión es simple. Somos los padres y tú eres el hijo, y basta. Lo que consideramos bueno, es bueno, sea lo que sea.>>. Pero yo digo desde mi punto de vista: <<Soy un ser humano, soy persona, como dice Schiller, mi progenitora es la naturaleza exclusivamente y ella nunca me ha tratado mal. Soy un ser humano y reclamo seria y sagradamente los derechos humanos generales y luego los particulares>>”. O en otro lugar: “Sois cristianos y yo -yo soy sólo un hombre”.

Aún le faltaría mucho a Hermann Hesse para ser el que todos conocemos, el autor de Demian, de Siddharta, de El lobo estepario o El juego de abalorios. Un autor sabio, consciente de sí mismo, y en cierta paz por el mundo, misteriosa paz que no es producto de resolver la lucha contra el mundo sino de sentirse cómodo en ella y de ser capaz de volar hacia otros lugares, lugares difíciles de describir, lugares donde la paz es una cuestión interna, no externa. Sin embargo, más parece conectado el autor de Demian con el adolescente aquí descrito que con los escritos románticos de bobalicones enamoradizos y ensoñadores, lejos de cualquier experiencia, que pueblan sus primeras novelas. Agresivo y luchador, defensor de la propia personalidad, exaltado y en defensa del propio yo, de la propia identidad, así nos muestra Hesse en sus novelas que es su arquetipo de hombre y así era ese adolescente, aunque se encontrara en más que graves dificultades. En cualquier caso, resultan de gran interés exegético estos retazos de su joven identidad, que nos muestran a un Hesse sufriente y hundido, incomprendido y antagónico. ¿El final de esta historia? Temporalmente sucumbió. Afirma que el sanatorio le estaba matando y que se siente muerto y vacío por dentro. No pudo con tanta lucha y parece que se rindió al mundo, encontró paz en su refugio personal, en la naturaleza y en un mundo de bellas ensoñaciones, arte y filosofía, que puebla sus primeras obras. El mismo autor hace un análisis de su recorrido en lo que se conoce como Cuatro biografías, recorridos de su vida que hizo aquí y allá y se recopilaron siempre juntas en distintas antologías.

Mucho más podría decirse y mucho más me apetecería contar e indagar, pero las personas interesantes son siempre inagotables, pues miles de matices pueblan su identidad. De pocas personas puede decirse simplemente que es así. Reconstruir o, tan sólo imaginar, es un proceso complejo que requiere de distintos puntos de vista, no siempre encardinados. Por ello es mejor, a veces, dedicar tan sólo breves encuentros a aterrizar sobre las vidas de los demás. Al fin y al cabo, la más importante, aquella que siempre debería ser indagada, es la vida personal, la propia.

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