EL VIAJERO SEDENTARIO: RAFAEL CHIRBES Y LA LITERATURA DE VIAJES

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Por Andrés Galán

Estos son sus principios            

Rafael Chirbes pensaba que el ser humano no es más que un malcosido saco de porquería, al menos eso es lo que rumiaba el personaje de Esteban en una de las novelas más crueles y vigorosas del escritor valenciano. En la orilla es, efectivamente, un texto proteico, cruzado por un magma de pensamientos que casi siempre desembocan en una idea fisiológica del mundo y de la condición humana. La naturaleza de las cosas es como es y la literatura de Chirbes tiene mucho de ese pesimismo mediterráneo que envuelve la filosofía de algunos pensadores deterministas latinos, especialmente de Lucrecio y de su poema De rerum natura. El de Valencia, sin embargo, negaba cualquier acusación de pesimismo. Chirbes incide una vez más en que las cosas son como son, y que caray, la función de la literatura no es ni la de la religión ni la de la política. Las novelas no son escritas para reconfortar –al menos no del modo en que reconforta una homilía religiosa-, la literatura es otra cosa, y no es tampoco política ni entertainment, como dirían los anglosajones ¿Qué demonios es entonces la literatura? ¿En qué consiste el arte novelesco? ¿Qué está haciendo Chirbes cuando escribe sino política y qué diantres estamos haciendo nosotros si, cuando leemos, no nos estamos entreteniendo? Para enredar todavía más las cosas, es casi imposible discernir qué grado de verdad corresponde al autor cuando de lo que hablamos es de novela. La naturaleza del texto novelesco es casi siempre inasible. La verdad en la novela se escurre como el agua sucia lo hace por el sumidero y, una vez finalizada la lectura, el lector no tiene más remedio que asumir la contradicción ante la cual nos sitúa toda obra artística. Una vez aparece el lector, el autor se desdibuja. Algo parecido decía Roland Barthes. De esa manera, Rafael Chirbes se difumina en todas y cada una de sus novelas, apareciendo a ratos, como un espectro, entre las vicisitudes y conflictos de los personajes que habitan su obra. Nadie sabe. Nadie acusa. El escritor como sombra.

El traje hace al escritor

Chirbes nunca pareció un escritor. Los novelistas que generalmente respetamos no suelen confundirse con jubilados que habitan baretos o entrenamientos de fútbol. Los escritores a los que la mayoría de nosotros seguimos con más o menos fervor tienen otro aspecto. O bien son tipos pomposos, al estilo Umbral, o bien parecen salidos de una escuela de modelaje. Se me vienen a la cabeza Ray Loriga y Frédéric Beigbeder. Pero escribir bien no implica necesariamente quedar bien ante la cámara, lo segundo hay que trabajarlo. Chirbes, por el contrario, parecía un jubiletas. Uno de esos que se van de vacaciones a Torremolinos y cuya inquietud solo queda reflejada en la velocidad con que manejan el mando a distancia. Indumentariamente hablando, Rafael Chirbes no distaba gran cosa del vejete que apuesta todas las semanas a la quiniela.

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El escritor Rafael Chirbes en su casa de Beniarbeig

No hace mucho le explicaba a un amigo en relación a una serie de monografías que El país dedicó a algunos escritores españoles actuales, lo divertido que me había resultado poder escudriñar la mesa de trabajo del autor de Crematorio. El periódico pretendía mostrar a los narradores en la intimidad del escenario sagrado donde surge el acto de creación. Antonio Muñoz Molina aparecía retratado ante un escritorio pulcro y calculadamente desordenado. De escritor que se desdobla para vivir entre Nueva York y Madrid. Aparecía con barba hirsuta, jersey, pantalones color café y zapatillas deportivas. Si existe un disfraz de escritor, no debe alejarse gran cosa de la facha del autor de Plenilunio. En uno de los anaqueles, presidiendo la biblioteca, éste presumía de un par de hojas secas cuidadosamente enmarcadas procedentes del jardín de la casa donde había residido Faulkner. Puro fetichismo. En el caso de Chirbes, la mesa de trabajo no solo aparecía mucho más desorganizada que la de su colega, sino que además, este desorden, resultaba más natural. El lector podía reconocer un tipo de desorganización de la que uno solamente se desprende cuando aparece un pariente indeseable o un amante ante el que hay que quedar bien; no digamos ante la aparición de un fotógrafo de Babelia. La autenticidad de Chirbes reside, por qué no decirlo, en la naturalidad con la que se dejaba fotografiar en medio del caos. Esto es lo que hay, parece decirnos el escritor. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. La camiseta de andar por casa y la cama junto a las estanterías, seguramente ejecutadas por algún carpintero local, nos hacen entrever una honestidad que se percibe del mismo modo en su literatura. Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que la prosa de Chirbes sea descuidada. Nada más alejado de la verdad. Lo que más o menos evidenciaba el escritorio y la decisión del escritor de fotografiarse en camiseta de pijama es que aparte de ante un escritor de primera y un realista que no se andaba con zarandajas, nos encontramos ante un artista que ha trabajado siempre una prosa sin concesiones ni gilipolleces.

Pero volvamos a la idea esbozada más arriba: el escritor se difumina cuando el lector entra en acción. Esto ocurre en casi todas las novelas del autor valenciano, especialmente en el díptico formado por Crematorio y En la orilla, donde la narración se construye a partir de una polifonía de voces. Ocurre, por el contrario, que en algunas novelas anteriores, la hipóstasis entre narrador y personaje resulta mucho menos ambigua; no es difícil ver en el profesor alcoholizado de Mimoun a un Chirbes confuso durante los años que estuvo residiendo en Marruecos. Porque entre otras cosas, Rafael Chirbes fue un viajero incansable. Veamos ahora en qué se diferencian sus viajes de los del resto de jubilados que viajan.

Chirbes: un viajero más o menos sedentario

En El viajero sedentario el escritor se refiere a sí mismo en tercera persona como el Viajero: el Viajero se sienta en una terraza de Amberes y escucha hablar a unos hombres de negocio, por ejemplo. El Viajero sube al Mönchsberg y se conmueve ante las vistas de un Salzburgo que parece el decorado de una película de Hollywood. En la literatura de viajes, el escritor Chirbes se vuelve más o menos opaco, reaparece discretamente de las sombras invitándonos a acompañarlo en sus desplazamientos trasatlánticos por Puerto Vallarta y Popayán. Nos describe los olores de los mercados de Hong Kong y Pekín, y hasta se detiene a contarnos la historia fundacional de Sidney. Resulta que el tipo con aspecto de jubiletas es, en realidad, un viajero discreto y curtido. En una época donde los viajes se han democratizado acortando distancias y tiempo dando como resultado una expansión descontrolada del turismo, Chirbes se revela como un viajero curioso e imaginativo. No solo se preocupa por atrapar todos y cada uno de los detalles de la arquitectura, también es capaz de trazar un discurso histórico a la par que impresionista acerca de las ciudades por las que pasa. Fue Céline quien dijo aquello de que viajar es útil porque hace trabajar la imaginación. Rafael Chirbes, bajo ese aspecto de obrero derrotado, trabajó a fondo la imaginación en todos y cada uno de sus viajes. Lo que diferencia a éste del viajero convencional es que el segundo no utiliza la imaginación ni siquiera en su cotidianidad, donde más útil puede serle; no digamos en sus viajes alrededor del globo. El jubiletas socialdemócrata se mueve por los principales escenarios europeos con el piloto automático, dejándose arrastrar por la marea de guías explicativos y tablaos flamencos. Existe una diferencia notable entre el viajero sedentario, en este caso el lector de fondo, y el viajero común, y es que mientras el primero ya ha recorrido previamente los lugares que luego visitará, el segundo vuela con Iberia sin enterarse un pijo de lo que pasa ante sus narices. Da igual que haya estado en las alturas del Machu Pichu o en la medianía terrosa de la Manchuria, el viaje es por entero imaginario. Va de la vida a la muerte. Lo demás son solo decepciones y fatigas. Chirbes nos enseña a viajar de manera activa. Es realmente conmovedor asistir al momento en que el escritor se sabe transitando los mismos escenarios que recorrieron antes los personajes de novela que lleva a las espaldas. También hay algo de fetichismo en esto, o quizá no. Tal vez se trate solamente de una emoción infantil. De una forma de relación con las ciudades y fronteras puramente emotiva. Infantil a fin de cuentas por lo que tiene de imaginativo. Tomando conciencia del implacable desarrollo de la Historia y la fragilidad a la que quedan sometidos sus escenarios, Rafael Chirbes explora hacia atrás en el tiempo y regala una auténtica guía de viaje para seres imaginativos. Luego, en cualquier bareto del mundo, y una vez finiquitado el Ricard, Chirbes se echa la mochila a la espalda y vuelve al hotel para descansar. Ya no está uno para trasnochar, decía.

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