A PROPÓSITO DE HÖLDERLIN II: GRECIA NUNCA VOLVERÁ

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Por Pablo Rey

I: Grecia es una imagen

Las palabras a menudo se nos antojan continentes minúsculos para albergar en su interior ciertos significados. Es algo común cuando se pretenden expresar sensaciones, emociones o percepciones. El lenguaje sirve entonces de medio conductor, pero a la vez de límite para nuestra expresión. Si nos ocurre en nuestro día a día cómo no ocurrirá en filosofía, donde los conceptos, palabras-recipiente de ideas complejas, son la herramienta esencial. Aunque precisar esos conceptos, remodelar antiguos o buscar nuevos, siempre en busca de un mayor acercamiento a la realidad, de la representación fidedigna del contenido, es tarea de la filosofía, en ocasiones los conceptos se vuelven, como ocurre en el lenguaje cotidiano, terriblemente impotentes. Contradicciones necesarias, descabelladas manos de un cuerpo sediento, inservibles para sostener agua, más la única herramienta. Es entonces cuando aparecen nuevas/viejas formas de expresar aquello que queremos expresar, dilatando las normas del lenguaje, olvidando su severidad por un momento para esculpir en ellas, imaginativamente, realidades apenas cognoscibles.

La palabra poética es uno de esos intentos. Más vieja que el concepto, origen de aquél, la imagen no tiene un significado estrictamente delimitado y definido. No hay diccionarios de imágenes como los hay de los conceptos y palabras comunes. En todo caso, las especies de bestiarios que son los diccionarios de imágenes, son guías o propuestas interpretativas, siempre abiertas y cambiantes, sugestivas más que estrictas. Ahí estriba el poder de la imagen, en su no-limitación, la cual precisamente nos ayuda a expresar mejor, aún a riesgo de equivocarnos más, aquello que buscamos transmitir. ¡Qué paradoja! pues sin duda es la precisión, búsqueda de la certeza de que entrará por el oído aquello mismo que decimos, la que cerca las posibilidades de significación, pues un sentido amplio no puede ser definido con rigurosidad. Es entonces la palabra poética un mensaje que se lanza al viento con esperanzas de ser recibido, pero consciente siempre de su posible errar. Es la intuición y la imaginación el medio para transmitir, aunque se usen palabras, y no una razón lógica. Dos formas de expresión distintas con dos propósitos distintos, ninguno excluyente. No es necesario entrar aquí en absurdas disquisiciones sobre la supremacía de cada uno de los métodos, pues responden a propósitos diferentes, y la lucha por hacer ver que nuestro propósito es mejor que el de los demás es una de las formas sofisticadas de imponerse, es decir, de satisfacer la vanidad, para quien tiene los nudillos cubiertos de piel sensible.

Algunos filósofos y poetas recurren a estas imágenes para dotarlas de significados propios. Adquiere la imagen cierto rango parecido al de concepto: se convierte en un icono con significación vaga, interpretable -como se ha defendido previamente- pero con cierta tendencia a la significación. Nos quiere decir algo. No se trata de una imagen cualquiera. “Plancha” o “mesa” son imágenes mentales. Pueden suscitarnos recuerdos, la casa de la abuela donde comíamos toda la familia, el olor por las mañanas de los domingos, o podemos recordar una famosa tienda de muebles, pero no tienen esa categoría significativa de la que hablamos. Cuando un filósofo o poeta escoge una imagen porque le hace sentir aquello que quiere expresar y lo convierte en paradigma, en mito de su propia razón y emoción, entonces podemos hablar de imagen en este contexto. Es a ésto a lo que se referirá aquí en todo momento el concepto de imagen.

Pues bien, la imagen de Grecia, elevada a mito, sus estados, sus ciudadanos y sus costumbres, sus cumbres y riscos, la naturaleza que rodea el Mediterráneo, todo ello conforma una de las principales imágenes del poeta Hölderlin, y en general del romanticismo alemán del XVIII-XIX. Desde el renacimiento y su retorno al clasicismo, no se ha abandonado el modelo clásico como un ideal; ideal abstracto y concreto a la vez. Es decir, por un lado, el ideal no es temporal -me refiero aquí a la forma abstracta-. Se convierte en medida con la que se juzga la cultura, la filosofía, a los hombres en general. Una de las principales actitudes que se deducen de esta creencia es, sin duda, la de aproximarse a ese modelo. Es el modelo griego un valor en sí mismo. Pero por otro lado, la actitud griega, tal vez posible en cualquier otro pueblo y momento de la historia si se dan las condiciones propicias, es propio del pueblo griego, es decir, es propio de su época -en este caso es ideal concreto, contenido unido a la forma-. Es un hecho histórico, localizado en un tiempo y un lugar, condición de nuestra cultura. Por lo tanto no se trata de un valor abstracto, sino de un valor pasado, acaecido, y por ello es más un ejemplo que una norma, ejemplo elevado a imagen intemporal, pasado convertido en futuro -ideal concreto convertido en ideal abstracto despojado de su identificación con las características concretas-. Pues bien, sin duda la idea de lo griego como modelo es común a gran parte de los pensadores alemanes de la modernidad y sin duda pilar esencial del romanticismo, siendo paradigmáticos dos casos: Schiller y Hölderlin.

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Schiller dejó testamento en sus Cartas sobre la educación estética del hombre (1795), principalmente en la sexta carta, de su idea del pueblo griego como el mayor grado de la cultura de la historia del hombre. Visto en general, como especie, el hombre occidental en el siglo XVIII es superior al griego, pero cada individuo griego era más completo, más fuerte, más íntegro, natural, poderoso, endiosado, que cualquier hombre occidental moderno. ¿Cómo era posible? Porque el hombre griego no había entrado aún en la decadencia del exceso de entendimiento. No estaba obsesionado con la separación y delimitación de cada parcela de su espíritu, sino que tenían una visión integradora del mismo. No sentían el desgarro, sino la unión: estaban en paz con el mundo, aunque el mundo estuviera en guerra. Es esta inocencia la que expresa la idealización griega: reunión de contrarios, compensación de fuerzas racional-emocionales, unificación con la que ya apenas podemos más que soñar. En una palabra, se sentían una unidad, no estaban rotos. Es lo que podemos llamar la esencia de lo griego, al menos según los ojos de los románticos. Sin embargo es posible volver a lo griego -para Schiller-. Esa plenitud de espíritu es pasada y soñada. Es a su vez, en semejanza entre la cultura y el individuo, el estado previo a la educación, el estado infantil, pero también un estado que otro tipo de educación -la estética- podrá en algún momento hacernos recuperar. Es un estado consustancial del hombre: podemos volver. Hölderlin siente también Grecia del mismo modo, como la unidad soñada. Pero su nostalgia le impide ser tan optimista como Schiller. No en vano una de las citas más famosas de Hölderlin es la siguiente, de su  libro Hiperión (1822):

Ojala no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía. ¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.”

Y muchos más son los poemas que desprecian la perenne hendidura que la cultura nos provoca en el alma. El intelecto es una llaga. Grecia es lo originario, lo precio al intelecto. La plenitud de la pre-ruptura. La juventud en su máximo explendor. El primer amor, que es correspondido. Es común, como dije antes en algún momento, en el romanticismo alemán, desear un segundo advenimiento de lo griego, un hundimiento en la nostalgia. Ahora bien. ¿Es esta la actitud de Hölderlin?

II: El pasado es pasado

Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.

Hermann Hesse, Demian (1919)

El intelecto ha separado al hombre de la naturaleza. La manzana del árbol de la ciencia lo ha expulsado del paraíso. Para los románticos, el paraíso es Grecia. La tierra fuera del paraíso es Europa, concretamente Alemania, paradigma de la razón ilustrada. Las escuelas, las formas y la educación europeas nos han roto. Hölderlin recoge así el testigo de una reflexión crítica iniciada ya por Voltaire y Rousseau. Este sentimiento de ruptura lo expresa bien Manuel Barrios cuando escribe sobre Hölderlin: “Abrumada por el peso del legado clasicista, la Modernidad que así se expresa no se siente sino portavoz de una humanidad en ruinas, memoria caduca del esplendor de un tiempo ido, donde se proyecta la vitalidad perdida al tiempo que se recrea la quimera de una existencia sin quebranto ni fisuras” (“Hölderlin: la revuelta del poeta”, en Hölderlin: poesía y pensamiento, 2002, Pre-textos). Esa vitalidad proyectada, que es a la vez quimera de re-unión, es Grecia. Parece realmente, por lo que uno pueda interpretar, que estos autores y demás románticos alemanes encuentren su esencia en el pasado y no en el presente. Que se sientan más conectados con los presocráticos, con la naturaleza primigenia, con cualquier héroe griego, que con sus coetáneos. El pasado es a menudo un presente mal habido. O a la inversa, el presente es un pasado pestilente y mohoso, porque al fin y al cabo el pasado no tiene la culpa de que alguien quiera volver a él. Está bien como está. Ahora bien, hay veces en la vida en que hay una abismal distancia entre lo que uno fue y lo que uno es. Uno fue un adolescente prometedor, lleno de energía e ilusión, desprendiendo pedazos de fuerza en cada frase, encontrando siempre las palabras precisas, contestaciones llenas de carácter y enigma, emociones intensas. Y ahora no es más que un viejo carcamal, un sello en una colección, amarillento y lleno de ceniza, del mismo valor que tantos otros sellos -valor sentimental-. Ocurre entonces que, en una deliberada perturbación de la continuidad, uno desea volver atrás. Retornar a donde lo dejó: seguir en el paraíso perdido abandonado.

El romanticismo es el movimiento que, tras el apogeo de la razón y su autonomía, busca reencontrarse con lo emocionante, con el espíritu, con la naturaleza, en un dulce retorno de lo que una vez fue. Ruptura y deseo de unión es lo que significa. Sin duda debieron vivirse años llenos de un explotar espiritual intensísimo, como ocurre siempre que se liberan fuerzas que han estado tiempo reprimidas. Los siglos de razón, de forma, de oscuridad medieval, dejaron de ser ya diques para la emoción humana, ávida de tormenta. Sin duda los griegos eran seres espirituales y fuertes, conectados con la naturaleza y con una gran cantidad de energía humana. Pero la razón, Apolo, la capacidad para discernir y seccionar, se impuso sobre los demás impulsos decidiendo el destino de nuestra cultura durante siglos. Esa energía reprimida fue liberada y eso debería celebrarse, sin embargo los autores del momento -Schiller, Goethe…- no supieron asimilar la nueva emotividad si no era con viejos paradigmas. Nuevo alimento, pero los mismos perros de siempre. La actitud retrospectiva aniquiló cualquier concepción para traer al mundo lo nuevo, una actitud renovada de vitalismo.

He aquí mi tesis con claridad: Una emoción nueva empezó a recorrer la cultura, pero con la tendencia al pasado propia de la cultura occidental -no olvidemos que la filosofía se dedicó, durante dos mil años, a discutir y reformular las mismas cuestiones de Platón y Aristóteles- no supo comenzar de nuevo y buscó en el pasado la comprensión y satisfacción de las nuevas necesidades espirituales. Liberó el recuerdo de lo que una vez fue, pero incapaz de volver a crearlo, esta vez distinto, consciente y buscado. Individualmente los autores se sintieron más conectados con los griegos que con sus coetáneos, pues algo veían en sí mismos que veían también en ellos. Por ello Grecia se convirtió en una imagen que era a la vez pasado y arquetipo: fuerza en general, pero fuerza con un aire extrañado. Sin duda considero en la modernidad una característica determinante la incapacidad para olvidar el pasado.

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Ahora bien, no todo es tan sencillo. Por mucho que uno desee volver al pasado nunca lo logra y, si bien Schiller mantenía constantemente su mirada hacia lo griego, ese mito, esa palabra, era también símbolo de lo nuevo y, en cuanto tal, elemento potenciador del nuevo impulso. Al fin y al cabo se trata de un símbolo viejo usado para interpretar algo nuevo. Dentro del caos interno en el que debió vivir Hölderlin, parece que a veces tenía clara esta problemática, divinos instantes de lucidez. Considero prueba de ello dos testamentos: La figura de la ruina en su obra Hyperión, y la traducción de Antígona que lleva a cabo, de la que se rieran Schiller y Goethe -lo cual demuestra la distancia que había entre Hölderlin y éstos-.

La ruina es el resto en el presente de un pasado grandioso, pero ya marchito, irrecuperable. La ruina representa la incapacidad de volver a ese pasado añorado y deseado cuya contemplación a veces satisface, para Hölderlin, completamente el alma. Cuenta en la novela Hyperión de un viaje que realiza a la entonces actual Grecia: “La vida de la primavera y el sol eternamente joven nos recordaban que también hubo hombres allí alguna vez, desaparecidos para siempre, que de la soberana naturaleza humana apenas queda allí algo más que el fragmento roto de un templo o una imagen de muerte en la memoria” (Hiperión, 2008, p. 33). Este fragmento, como muchos otros, representa la actitud de Hölderlin ante el pasado: Tiene la clara conciencia de que no puede volver, que es tal vez lo que le falte a Schiller. Por ello una misma imagen, la de Grecia, está tan cargada de significado en la mitología de Hölderlin, porque representa un espíritu añorado, necesitado, pero a la vez pasado, tal vez realizable pero confusamente. No como tal. En definitiva, no puede decirse que la problemática que la imagen de lo griego producía en Hölderlin sea clara y ordenada, sino más bien caótica y tormentosa. Pasado, ansias de futuro, deseo de libertad y conexión, cargado de secreta añoranza consciente de su imposibilidad. Es como un amor pasado que seguimos alimentando en nuestro interior, aun a sabiendas que poco podemos hacer con él. Es literalmente algo impracticable. Al menos hay algo positivo en la extraña dualidad de Hölderlin, la consciencia de que Grecia no volverá, es decir, de la ruina. Aunque añore su realización.

Producto de esta dualidad es la separación entre la esencia y la forma. O al menos el intento. La forma de lo griego es irrepetible. Su existencia, la manera en que eran vitales, en que se entregaban a sus impulsos ciegamente, las relaciones que se dieron, los amores, la valentía, todo eso es parte de algo ya extinto. Sin embargo la esencia, la unidad, el valor de afirmarse a sí mismo, eso no tiene nada que ver con lo griego. Esto es lo que los románticos no podían ver, que los griegos eran sólo un ejemplo, ni siquiera el mejor ejemplo, de un fenómeno psicológico que no tiene que ver necesariamente con ellos. Por desgracia, como dije antes, occidente tenía demasiada tendida la mirada hacia el pasado como para verlo. Pero hay ya intentos de separarse de ese pasado. El segundo caso que muestra este peligroso intento en Hölderlin es la traducción de Antígona que realizó en atisbos de lucidez, cuando se supone que ya estaba perdiendo la razón. Su traducción poco tiene que ver literalmente con lo que se decía en la obra original. Del griego no quedaba mucho, él no tradujo las palabras, sino la esencia. Convirtió la obra en un lenguaje moderno, re-interpretando lo que realmente ocurría en la tragedia, esencialmente, más no formalmente. Schiller y Goethe se reunían para leer la obra y unían sus diabólicas carcajadas. Poco respetaban el intento de Hölderlin. Evidentemente no puede decirse que una traducción tal tenga valor académico, erudito, mas tal vez tenga más valor vital que ninguna otra traducción pues intentó aunar lo viejo con lo nuevo, restaurar el espíritu griego en la actualidad, sacarlo de su forma para traerlo a una nueva forma.

¿Se ve con claridad lo que quiero expresar? El pobre Hölderlin era consciente de su condición de hombre roto, de hombre moderno, y eso le hace grande. A la vez, deseaba reencontrarse con la unión de los contrarios, disolver su problemática en algo más grande, entregarse al amor y a las emociones. Eso le honra. Pero tenía su mirada demasiado tendida al pasado y era absolutamente incapaz de desprenderse de la simbología griega. Ese era su error. El muro que le impedía restaurar su condición de hombre dividido. Parece tan sólo alguien que empieza a ver tras un largo periodo de oscuridad, que no sabe bien lo que ve, mas entre tormentos y confusiones, girando incontrolable presa de distintas fuerzas opuestas, ve, experimenta la fuerza de la naturaleza y del amor con grandeza y eso le arrastra enloquecidamente. De su consciencia de que el pasado es pasado habla Manuel Barrios más adelante en el texto ya mencionado:

“Desde la segunda entrega del Hyperion, en la que el protagonista declara que es al <<reino de los muertos>> adonde ha de ir a buscar la antigua patria de Hélade, se va afianzando la convicción de que no hay traslado al universo utópico de la grecidad resucitada, ni posibilidad de traducción literal del camino formativo de la cultura griega al de la nuestra. Hiperión, presto a marcharse de su patria [Alemania, hacia el final de la novela], se despide a un tiempo de los <<griegos todos>> y de aquéllos <<a quienes lleva en su corazón>>. La muerte de Diótima [el ser amado, esencia de unidad], despedida suprema del corazón, simboliza así el alejamiento definitivo de la antigua Grecia, el fin de la grecomanía y el ingreso en la desgarrada condición del presente. Así es como Hiperión <<viene a caer entre los alemanes>>. Esa nación dividida es el ahí de su existencia concreta y finita, y es desde esa condición caída desde donde ha de alzarse el proyecto de su estancia en el mundo. El exilio deja así de ser visto como una contingencia remediable para mostrarse como constitutivo íntimo de nuestro ser. Hiperión, el griego moderno, es extranjero en la patria no porque su verdadera patria sea Grecia, sino porque no hay verdadera patria para el hombre moderno a no ser la de la propia extranjería. El lorquiano <<yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa>>, pensado ontológicamente, es lo que Hölderlin se resuelve a poetizar con esa vuelta de la mirada al velado punto de partida de la andanza existencial, que enrarece todo cuanto parecía íntimo y sabido.”

Queda así mostrada así claramente la diferencia entre la actitud que Schiller y Hölderlin mantienen hacia el mismo símbolo, Grecia. Para uno es un ideal recuperable en sí mismo. El pasado puede volver, sólo hay que educar al hombre en la estética. Para el otro, la condición de ruptura es inasumible, y vive caóticamente entre dos tierras, fruto brutal de fuerzas contrapuestas y ciegas, nuevas y viejas, desgarrado pero llevando dentro de la ruptura la llama que una vez sostuvo.

III. La verdadera revuelta: El fin de la nostalgia

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Al fin y al cabo, los griegos tenían poco de eso que los modernos del S.XVII-XVIII tenían bastante: historia. Y la historia pesa. El pasado tira hacia atrás. Es difícil abandonar algo amado que se añora. Qué traidor se siente uno cuando decide no pensar más en algo que ha amado, cómo quema abandonar algo sagrado. Pero nada es sagrado. Todo puede arder, todo es de madera. Porque todo tuvo su momento, un momento bello y magnífico, pero ya no es nada. Transformó un presente para que otro presente surgiera, pero en esa transformación hay una muerte y un nuevo nacimiento. Eso es de lo que habla el párrafo antes citado de Hermann Hesse. No en vano dice Hölderlin, por boca de Hiperión: “¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja el nuevo mundo! ¡que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos! En el taller, en las casas, en las asambleas, en los empleos, ¡que cambie todo en todas partes!”. Es claro el deseo, la intuición, la necesidad de lo nuevo de Hölderlin, tan patente como su incapacidad para realizarlo. Porque si bien considero a Hölderiln como un autor sobresaliente entre los románticos, debido a su fuerte impulso, a su consciencia de la ruptura y a su descreída nostalgia de lo griego, no deja de ser un autor anclado al pasado. Cantó con voz propia al pasado -he ahí su contradicción- pero no pudo llevar a cabo el verdadero acto revolucionario que pretendía ser la modernidad: el fin de la nostalgia. H, como otros tantos, se quejaban constantemente del peso de la historia, de todo lo aprendido, de la escuela, pero no podían sin más apartar los ojos de un pasado aún más remoto. Así como en vida no podía desprenderse de la madre. En definitiva, asumir una terrible responsabilidad: que somos dueños de nuestra creencias y de un presente absoluto.

Quien interpreta el romanticismo e incluso el renacimiento como un volver a lo clásico es un estrábico mirando, con un ojo, tan sólo un ojo de otro estrábico, pues es patente la complejidad del hombre romántico, que miraba a la vez al pasado y al futuro. A la vez, quiero decir, en el mismo objeto. Su pesadilla, no lograr discernir con claridad sus impulsos, aquello que deseaba del objeto en que lo buscaba. Por ello nunca pudieron realizar ese gran paso que es evitar la nostalgia, dejar de desear el pasado y lanzarse completamente al océano de lo presente. Sin embargo, Hölderlin se lanzó por el barranco, quedando atrapado en la caída, a medio camino entre el pasado y el presente. Tal vez por ello buscara refugio en la locura.

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