GOETHE ENAMORADO: MÁS ALLÁ DE LA ELEGÍA DE MARIENBAD

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Por Andrés Galán

Las vacilaciones de Juan Miranda

Aunque ha matado numerosos toros, Juan Miranda siempre ha sido un cobarde. Existe, sin embargo, cierto grado de romanticismo en la falta de valor, de hecho, entre el torero de Mairena y Johann Wolfgang von Goethe pueden establecerse algunos paralelismos. Por ejemplo, la persistencia con que el autor del Werther se alejó de los vendavales que arrastraron al resto de poetas de su generación a la tumba. Goethe quiere vivir, y en una época en la que parece haberse puesto de moda volarse la tapa de los sesos por amor, el poeta va a llegar a la conclusión de que lo mejor es tomarse las cosas con calma. Quizá por eso, y a diferencia de Novalis, Byron o Leopardi, Goethe alcanza la vejez. Juan Miranda, que presume de haber toreado en los peores ruedos, también ha vivido y leído lo suyo, y como el poeta y filósofo alemán, evita el sobresalto. Aunque ha sido llevado a hombros en Sevilla, Lima y Ciudad de México, Juan Miranda dedica ahora los días a la lectura y el paseíto matinal. Prefiere el misticismo existencial de Unamuno a las comedias grotescas de Valle, y entre los extranjeros, se queda con D’ Annunzio. En cuanto a filosofía, se declara abiertamente schopenhaueriano; ha leído El mundo como voluntad y representación de cabo a rabo y no piensa cuestionar ni una coma. Sin embargo, algo está a punto de cambiar. En el verano de 1823, Goethe hace un viaje a la ciudad balneario de Marienbad tras sufrir unas fiebres que a punto están de costarle la vida. Allí conoce a Ulrike von Levetzow, de la que se enamora al instante, pero Ulrike solo tiene diecinueve, es una niña, mientras que Goethe ya supera los setenta. De repente, el volcán despierta. Tanto John, su secretario, como Stadelmann, el sirviente, están perplejos. En Marienbad, Goethe baila despreocupadamente con las muchachas y se dedica, entre otros menesteres, a cortejar a Levetzow. Inesperadamente, el sobresalto ha llegado, y lo más increíble de todo: Goethe parece no tener ningún interés en evitarlo. ¿Qué ha sido de aquel hombre de espíritu apolíneo que tan sabiamente supo apartarse del mundo de los sentimientos?, ¿es que se ha vuelto loco?, ¿han sido las fiebres, que tras enfrentarlo directamente con la muerte han despertado en el anciano ese deseo lúdico por vivir que casi siempre excita la carne? Sturm und Drang, o lo que es lo mismo: tormenta e ímpetu. No obstante, el parentesco entre Goethe y Miranda no acaba aquí.

Ya hemos dicho que el torero siempre ha sido un cobarde, y aunque haya mirado cientos de veces el peligro instalado en los ojos del cabestro, lo que más teme en la vida es dar rienda suelta al miura que lleva dentro. Vamos a decirlo de una vez: del mismo modo que el joven Goethe, Juan Miranda ha elegido permanecer lo más alejado posible del mundo de los afectos; mundo poblado de agonías y pellizcos estomacales. El sentimiento es prepotente, y solo hay que tener un poco de práctica para domeñarlo. De este modo, el torero de Mairena se ha convertido con los años en un vejete arrogante, uno de esos que observa las cuitas de los otros con la suficiencia metafísica del que se piensa por encima del mundo. Solo se permite un asomo de sentimentalismo jovial, envuelto casi siempre en una ironía amarga, como se permite también un chorreoncito de orujo en el café que todas las mañanas se bebe en el bareto de Celestino. Pero hasta aquí. También un sobresalto va a desestabilizar la férrea racionalidad del hombre que se retiró con una ovación en la plaza de las Ventas. Pero si el sobresalto de Goethe está representado por Levetzow, el terremoto que sacude a Miranda viene encarnado en una antillana de veintiocho años a la que Celestino ha contratado para que ayude en el bar. Y mientras tanto, ¿qué ocurre con el genio alemán? El viejo está chiflado. Se ha enamorado perdidamente de una adolescente que, en secreto, se ríe de él. Pensémoslo con seriedad: una niña descoyuntándose del poeta más importante de Alemania, qué manera de rebajarse. La situación se ha vuelto grotesca, y si no fuera porque Goethe ha empezado a manifestar los primeros síntomas de melancolía, John y Stadelmann también estarían partiéndose de risa. Pero Goethe es un viejo, y sabe que no le queda mucho tiempo. Aunque espera con ansiedad una respuesta por parte de Levetzow, ésta nunca llega. Casi a sus ochenta, el autor del Fausto sufre la consternación del enamorado primerizo. Tantos años de regulación y conocimiento para nada. En septiembre, Goethe regresa a Weimar. Acomodado en el carruaje, se hunde en la tristeza. Piensa en Levetzow y lloriquea como un niño. ¿Qué es esto que siento?, ¿es que no he aprendido nada a lo largo de los años?, se pregunta el poeta. Luego saca un viejo cuaderno de notas y empieza a apuntar todo lo que se le pasa por la cabeza. Pero tachemos cabeza y escribamos mejor corazón, porque Goethe ha sido arrastrado al desasosegante mundo de las emociones. Echemos un vistazo ahora al cuaderno del viejo, ¿qué aparece escrito con letra desquiciada y borrosa? Pongámonos las gafas, veamos: “Ya perdí el Universo y me he perdido a mí mismo –yo, amado de los dioses- su Caja de Pandora me han vertido, rica en gajes u horóscopos atroces. Me tientan con la pródiga cascada de los goces…y me hunden en la nada”. Goethe está gestando a partir de este último sentimiento que pendula entre el patetismo y el desgarro más íntimo, la Elegía de Marienbad, probablemente uno de los poemas más importantes escrito en lengua alemana.

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Y, ¿Juan Miranda?, ¿se ha perdido también a sí mismo? No está lejos, porque después de una semana, la antillana a la que ahora el torero llama mi Negra ha pasado a ocupar el catre de un hombre vencido. Juan Miranda sabe que su negra tiene un marido bestial y dos bocas que alimentar, por lo que en cualquier momento puede hacer los bártulos y volverse con su madre al culo del mundo. ¿Qué va a hacer entonces Juan Miranda con su pellizco estomacal? Juan no sabe escribir poesía, lo que sí tiene claro es que de nada sirve descargar su desconsuelo clavando un estoque en el lomo aterciopelado del toro que pasta feliz en la dehesa. Juan Miranda es consciente, porque ha leído a Schopenhauer con atención, que el mundo es, esencialmente, dolor. Tampoco ignora que somos la objetivación de una voluntad que todo lo quiere y que jamás se da por satisfecha. Somos vísceras y piel. Entrañas expuestas a la desazón, cuerpos sufrientes. Reproducciones ilimitadas de ese San Sebastián que tan bellamente pintó Mantegna y que en un lamento infinito padecía las heridas de unas flechas que muy bien podrían representar las adversidades que constantemente nos atenazan como individuos. Con la Negra tumbada a su lado, Juan se angustia y teme. Es plenamente consciente de que antes o después, la antillana dejará de dormir a su lado, y entonces todo aquello que hoy es goce y pasión, transmutará en recuerdo y necesidad. Por eso Juan le besa los pechos con desmesura y congoja, emitiendo un quejido que tiene algo de canto fúnebre. Quiero atrapar este cuerpo. Quiero conservarlo y no olvidarme nunca de sus formas, se dice una y otra vez a sí mismo. Pero, ¿cómo ha llegado a este punto? Juan Miranda apenas come y tampoco duerme ¿De qué forma puede juzgar ahora las tribulaciones de los parroquianos que todas las tardes van a contar sus penas al bareto de Celestino? La inquietud crece a medida que el célebre matador se preocupa por su Negra. Ya no se trata de su felicidad, sino de la felicidad de su Negra. Fuera de sí, el torero busca entre los estantes de la biblioteca una filosofía que lo ayude a ordenar este sobresalto crepuscular. Miranda no quiere ser como el viejo Goethe. No se lo puede permitir. Y entonces, se topa con Nietzsche. Pero, ¿puede un hombre cambiar de filosofía al final de su vida adulta? Nietzsche, a diferencia de Schopenhauer, aboga por un vitalismo que poco o casi nada tiene que ver con las ideas de los grandes osos del pensamiento nórdico (nos referimos, por supuesto, a Schopenhauer y a Kierkegaard), lo que equivale a decir que Juan Miranda no encuentra en esta nueva lectura ni un ápice de angustia, culpabilidad, negación o auto indulgencia. Nietzsche es claro: la vida es dolor y no hay lugar para el arrepentimiento. Aceptemos nuestra vida tal cual es y hagamos de ese dolor una obra de arte. ¿No es eso lo que está haciendo precisamente Goethe con su desengaño? ¿Acaso no ha aprisionado el poeta su tristeza hasta el punto de decodificarla para convertirla en un bellísimo poema? La vida, insiste Nietzsche, solo adquiere verdadera justificación a través del arte.

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Pero ya hemos dicho que el torero no sabe escribir poesía. Está confuso y enamorado. ¡Enamorado! Qué temeridad. Qué verbo. Detengámonos, sin embargo, en la figura de Nietzsche. ¿Cómo es posible que alguien con una existencia tan penosa desarrollara una filosofía tan testarudamente vitalista? Nietzsche, a pesar de sus temibles jaquecas y desordenes intestinales, a pesar de la extrema sensibilidad que lo lleva a padecer los estragos del calor y del frío, a pesar de acabar convertido en ermitaño, vagando de hotel en hotel entre el rocoso paisaje suizo, entona un firme Sí a la vida y nos recuerda que no hay nada al otro lado del mundo. Solo tenemos nuestra carne, y más nos vale aceptar las flechas con heroísmo. Hay que brincar sobre el terremoto, decir sí y mil veces sí a la ola del sentimiento. Al martilleo incesante del recuerdo. Porque esa es tu vida, Juan Miranda, y no se te va a bendecir con otra. Aquí es donde entrevemos el mito del eterno retorno. No deja de tener gracia que el filósofo de la voluntad de poder fuese durante toda su vida un malogrado. Un pobre hombre destinado al padecimiento constante. Schopenhauer, por el contrario, el gran pesimista de la vieja Europa, asiste al teatro todas las noches, disfruta en vida del éxito y la seguridad que le brinda la fama y, finalmente, muere plácidamente en su casa de Fránfort del Meno a los setenta y dos años. Nietzsche, por el contrario, acaba loco. Reducido a vegetal de campo, termina convirtiéndose en la carga de una hermana filonazi. Pero, ¿a qué conclusión hemos llegado? ¿Nietzsche o Schopenhauer? ¿En qué punto se encuentra exactamente Juan Miranda? ¿En el de la aceptación o en el de la renuncia? Terminemos primero con Goethe, quien una vez instalado en Weimar, se dedica a pasar a limpio la Elegía de Marienbad. Sabe que se trata de su última gran creación, y que es el testimonio de un sentimiento insondable, difícilmente comunicable más allá del lenguaje poético. Goethe se lo lee a algunos amigos cercanos y, después, se sienta a esperar. Casi nunca piensa en Levetzow.

El 22 de marzo 1832, Goethe se apaga. En el fondo, no puede decirse que no haya vivido con intensidad. A Juan Miranda, por el contrario, los dioses le han vertido su Caja de Pandora, y en uno de esos veranos sevillanos en que la calima parece querer derretirlo todo, la Negra, cansada seguramente de sí misma, hace las maletas y regresa a Santo Domingo tirando de dos criaturas y un marido cornudo. La morriña puede más que la pasión. Adiós, mi Negra, dice el torero sentado sobre una cama vacía con la espalda empapada en sudor. ¿Qué último aliento tiene reservado la filosofía para el viejo torero? Nunca lo sabremos; el interior de un hombre es oscuro. ¿Nietzsche o Schopenhauer? Ya no hay dicotomías que valgan para el matador de toros. Juan Miranda no quiere ser como Goethe. No puede permitírselo porque Juan Miranda es incapaz de escribir poesía. No ha podido hacer de su vida una obra de arte. El 9 de agosto de 1963, Juan Miranda se viste de corto y da la espantá descerrajándose un tiro por encima de la oreja derecha. La gente hablará de amores contrariados, pero en el fondo, de lo que se trata, es de un último acto de cobardía. Quizá hay algo intrínsecamente romántico en la falta de valor, algo que se relaciona íntimamente con el artista que, incapaz de finalizar la obra, tira el trabajo de años a la basura.En cualquier caso, se acabaron las vacilaciones.

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