LA BUSCA, PÍO BAROJA: UNA NOVELITA LUMPEN

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Por Carlitos Céline

La Busca es la primera de las novelas englobadas dentro de la serie La lucha por la vida que Pío Baroja escribió de forma más o menos continuada entre 1904 y 1905. Todo es muy principio de siglo, por lo que se nota que el novelista está probando todavía el estilo, lo que significa, dejando a un lado los rodeos, que el escritor donostiarra anda lejos de El árbol de la ciencia o de Las inquietudes de Shanti Andía. Hay cositas aprovechables en esta novela de juventud, no obstante, Baroja está indagando, probando, jugando a preguntarse cómo narices se construye una novela. Mucho mejor preguntarse acerca del cómo que ir a perderse en ese qué que casi siempre termina en insondable angustia. Por ejemplo: ¿Qué es una novela? Mal vamos. ¿Qué soy yo? Peor. ¿Qué hago con mi vida ahora que he terminado la carrera? Catástrofe. Los personajes barojianos son, no obstante, muy de usar este tipo de conjunción, y claro, se la pegan. Manuel Alcázar, protagonista de la trilogía, empieza La busca como un niño de pueblo recién llegado a la capital a quien le pasa de todo menos bonito, cosa habitual cuando no se tiene un duro. De dónde si no sale la cara de soberbia de Donald Trump, quien sin parné no sería más que un puto gordo calvo sin el menor gusto. Sin Parné, adiós Melania. Manuel tiene que trabajar mucho, en una tahona, por ejemplo, aguantando a un dueño bastante gilipollas que, aunque feo y viejo, decide casarse con una muchachita que al final se la pega para irse con el hijo de éste. Luego entra de aprendiz en un horno de pan, en el que convive con unos compañeros bestiales y con un alemán sentimental que lee a Balzac y que se emborracha todas las noches. La cosa está jodida, porque claro, es que trabajar a destajo lo deja a uno exhausto, y luego no se tiene ganas ni de leer ni de cultivarse como las lechugas. Regresa uno a casa como residuo, como carne de telebasura. Pero Manuel no tiene televisión, porque la gente pobretona del Madrid finisecular lo pasaba tan canutas que no tenía ganas ni del Tu cara me suena. En realidad La busca es como la primera temporada de Callejeros; hay mucho chabolismo, mucha mugre y la tira de miseria. Pero lo que en el programa de televisión era pornografía y regodeo, en la novela de Baroja es sensibilidad y compasión. Porque Pío Baroja, a pesar de su malhumor, era un tipo cándido y comprensivo. Solo hay que echar un vistazo a su capacidad para construir la psicología de los personajes. Pero que el lumpen barojiano no se anda con chiquitas; muchos son de navajeo y de partirte las entrañas porque mi novia me ha dejado y estoy frustrado. Mucho sexo truncado es lo que hay. También se come gato y alguna que otra rata, aparte de que, y rememorando el universo de Delibes, la chavalería huérfana del extrarradio dormita en cuevas y bancos del Retiro. La idea principal que recorre la novela es típica en la literatura del autor: la vida es un problema y la mayoría de las veces no se sabe qué hacer con ella. Manuel, que habita los bajos fondos y practica la delincuencia, quiere cambiar de derroteros, pero no sabe cómo. Otra vez el cómo. Porque en realidad, de lo que se trata, es de no dejarse arrastrar por las circunstancias, por el cansancio, por la desesperación que casi siempre conlleva no llegar a fin de mes. De todos modos La busca, como novela deforme, novelita de práctica, no está nada mal. Se presenta, más que ningún otro texto barojiano, como un auténtico bestiario de personajes marginales y estrafalarios, donde entran desde trapecistas aventureros hasta fulanas pasando por zapateros, vendedores de humo, herederos venidos a menos, señorones católicos, mendigos, lisiados, caretos carcomidos por el tiempo y todo lo que sea que pueda acoger una gran ciudad. Pura vida.

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