SOBRE BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE. UN ALIEN EN EL SISTEMA.

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Por Pablo Rey

Todo sistema es una muralla. Sobre todo cuando hablamos del reino de las ideas, la tierra más agresiva y oscura de la existencia. Las defensas y los ataques de la Edad Media nada tienen que envidiar a las fortificaciones de los señores feudales de las ideas, tales como Descartes, Kant o Hegel. Ante la incertidumbre del mundo y su consiguiente sufrimiento –quién soy, por qué hacer esto y no lo otro, por qué ser feliz, por qué no robar, matar, etc.- los filósofos sistemáticos se construyeron murallas gigantescas que cercaban todo lo cognoscible. Dentro, todo estaba seguro. Todo era luminoso y razonable. Todo tenía sentido y estaba, cada idea, cada pensamiento o cada acción, relacionada con las demás en un complejo entramado de relaciones en las que uno puede perderse, al igual que en la ciudad –límite moderno de la incertidumbre, es decir, muralla moderna- todos estamos relacionados con los demás, aunque no podamos seguir el hilo de toda relación. Hegel es, a mi juicio, el maestro del enroque mental. Nada pierde nunca su relación con el todo. Todo, es decir, todo lo que está dentro de la muralla, considerado como la totalidad de lo real para una mayor seguridad. La perturbación mental de la realidad nunca dejará de ser un buen recurso para salvaguardarse del miedo. En realidad, no importa lo que hay fuera de las murallas, al igual que no importa lo que queda fuera del sistema. El noumeno kantiano poco importa, no inquieta ni destruye las barreras, puesto que queda fuera. Uno se siente a gusto, calentito, dentro de su hogar, aunque el peligro aceche fuera. Los neopositivistas relegaban la metafísica a pura poesía, y con ello la dejaban fuera de la muralla. Platón dejaba las emociones fuera de la razón, y con ello fuera de la muralla. Y así una y otra vez el mismo esquema: La función del sistema no es otra que delimitar, con una muralla mental, aquello que queda dentro de nosotros y aquello que queda fuera, quedando dentro, evidentemente, lo cálido, seguro, razonable y asible, y fuera lo perturbador, el misterio, el horror o cualquier cosa que inquiete todo lo que deseamos mantener a buen recaudo. En realidad se trata de una paradoja formal, puesto que no importa el contenido y lo que queda fuera, es el hecho mismo de poner la muralla lo que convierte lo que deseamos en seguro y lo demás en peligroso. Rechazar lo inseguro, esa es la propia actitud de búnker. Pero esto sería ya indagar en las causas psicológicas más profundas que llevan a establecer como seguro algo arbitrario, con tal de que lo creamos –algo así como el efecto Pigmalión-, cosa que es mejor dejar a otros más entendidos.

                Lo que realmente me interesa de los sistemas es la actitud que representa para lo humano. Hagamos del enroque y del miedo un arquetipo humano y saquémoslo del fenómeno del sistema filosófico. Esa misma actitud florece allá donde florezca el miedo, como el musgo donde haya suficiente humedad. El miedo es condición suficiente –puede que también necesaria- para despertar la necesidad de salvaguardo. Tal vez pueda considerarse la obsesión moderna por el hogar, por hacer del hogar un refugio multimedia, lleno de comida, de comodidades, de bienestar, en esencia, un lugar que pueda satisfacer durante cierto tiempo prolongado toda necesidad que se nos pueda imaginar, producto de ese miedo. Los trabajos estables pero detestables, las oficinas alejadas de todo rastro de vida, los búnkeres, los estadios, los edificios y el excesivo asfalto puede que sean un síntoma del miedo a los secretos de la naturaleza y de la vida. Tal vez. También las adicciones a sustancias –entiéndase por sustancias algunas drogas, pero también el romance, el sexo vacío, el trabajo, o tantas otras cosas semejantes-. Muchos ejemplos podrían darse y estudiarse. Pero uno interesa aquí especialmente. El modo de vida capitalista.

            La explosión de la segunda revolución industrial y la bonanza económica, unida a la fabricación de cientos de objetos que mejoraban la calidad de vida -entiéndase calidad con tono sarcástico- dieron como resultado el modo de vida capitalista o consumista. Un trabajo estable y mecánico, lo mismo da que sea aburrido o estimulante. Si se tiene una pareja estable en casa mejor que mejor, si no, baste con usar a las personas como objetos de consumo. El dinero justo para sobrevivir y un poco más, al menos lo mínimo necesario como para poder soñar con toda comodidad deseada -un coche, un nuevo traje, una radio, un viaje- si se ahorra lo suficiente. Ganar, soñar, tener. Y lo más importante: la perdurabilidad de este modo de vida, la estabilidad, que es la argamasa que afianzaba el sueño. Cualquier amenaza debería ser despeñada por los precipicios de la incertidumbre, lejos de la muralla. Así funcionaba como sistema. El modelo de vida, la cultura liberal y en definitiva, el Wall Street, debían funcionar como garantes del sistema, en este caso el económico, pero de semejantes consecuencias que el ideológico. Ahora bien, con los sistemas ocurre, efectivamente, igual que con las murallas. Uno se siente tranquilo con tal de que el enemigo nunca aparezca dentro…

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            Pero aparece -porque siempre aparece-. Un alien surge en el interior de la muralla. Un enemigo dentro de casa. Alguien con quien apenas se puede combatir. Porque cuando el enemigo está en el trabajo, en la calle, o incluso en alguna amistad periférica, al llegar a casa lo comentamos con la pareja con desdén, y parece que la comunión del desprecio lo disuelve. Pero qué pasa cuando el enemigo es tu pareja, cuando está allí justo donde creías que estaba la solución. Bartleby es, en el relato de Herman Melville (1953) lo que Kuhn llama una anomalía. En el paradigma científico, una anomalía es un insidioso y odioso problema que no se puede resolver, pero tampoco se puede evitar. Si el problema es menor, en los periodos en los que la ciencia no es revolucionaria, se ignora. Pero si no se puede resolver, desestabiliza el sistema de creencias hasta que se hunde y tiene que resurgir uno nuevo capaz de explicar el problema. Bartleby, con su simple desacato al sistema, una terrible afirmación expresada con mirada dulce y voz meliflua, “preferiría no hacerlo”, inquieta, pervierte, destruye y amenaza todo el sistema de creencias del abogado protagonista. Por cierto, personaje sin nombre, este protagonista y narrador; el único sin nombre de toda la novela, probablemente en representación de un abogado cualquiera de Wall Street o, mejor aún, de un ciudadano cualquiera. Porque cualquiera estallaría ante la actitud de Bartleby. Su acción en el relato despierta el mayor desafío existencial de la vida del protagonista: el enfrentamiento al absurdo y a la imposibilidad de encontrar una respuesta. No importa lo que haga. Autoridad, compasión, solicitud, súplicas y ruegos o chantajes o incluso injustos regalos; nada hace que Bartleby abandone la oficina de trabajo donde ya no trabaja, porque preferiría no hacerlo. Personaje absolutamente negativo -no toma una sola decisión en todo el relato, más allá de mantenerse con vida con unos bollos una vez al día, y al final ni siquiera eso-, pone en jaque, con su absoluta negatividad, todo el sistema de creencias. El abogado se afana, sin resultado, en encontrar una explicación a su comportamiento. El relato comienza y acaba reflexionando sobre la vida de Bartleby, la cual se desconoce completamente más allá de los límites del tiempo de la acción. No se puede decir nada de ese personaje, de sus causas o motivaciones, más allá de su negatividad. Nosotros, lectores, tenemos tan pocas herramientas para resolver la incógnita como el lastimado protagonista. Es como una enfermedad terrible y absurda, de estas que no conocemos la causa, y a la que nos tenemos que enfrentar. Como a la existencia de la enfermedad misma. ¿Por qué existen las enfermedades o el dolor? ¿Por qué existe la muerte? Una negatividad absurda que tenemos que afrontar. Y que, por supuesto, queda absolutamente fuera de los límites de aquella muralla imaginaria.

            Así que lo que representa Bartleby, a mi parecer, es un alienígena, algo absolutamente extraño, que agobia y que desestabiliza. No esto o aquello, que nos aliena, sino el fenómeno mismo de la alienación. La agitación. Lo que no encaja. En el relato, Bartleby es un trabajador y se viste de anomalía del sistema de vida norteamericano y cómodo. Pero la experiencia que produce se puede extrapolar a cualquier alien, a cualquier anomalía que ocurra en cualquier sistema. Lo que representa, si le desvestimos los ropajes de la circunstancia, es la experiencia de crisis. Una crisis, palabra asociada mundanamente al sufrimiento, no hace referencia más que a una coyuntura, al periodo interregno, entre que algo muere y algo voluciona. Un cambio. Y en un cambio siempre hay inestabilidad. Si un conjunto de creencias es un sistema que define el mundo, una anomalía, un Bartleby, es un elemento que desestabiliza lo que creíamos que era el mundo, cómo creíamos que funcionaba. Por lo tanto algo que provoca una crisis. De repente los recursos que poseemos no se adecúan a esta experiencia. No podemos interpretar las motivaciones y las acciones de Bartleby desde el paradigma capitalista –menos aun neocapitalista-. Los Bartleby, las anomalías, etc., lo que hacen es provocar en nosotros la necesidad de un cambio para adaptarnos a una situación que se escapa de lo previsible. Eso es lo realmente amenazante del personaje, que sin duda sigue inquietando y sorprendiendo hoy en día, más de 60 años después de su creación. Bartleby es el cáncer. Bartleby es la barbarie. Una ley absurda. Una caída inesperada que te parte la cadera y te imposibilita continuar con todos esos planes. Es una broma inocente que se recibe como un insulto y rompe una amistad sin que jamás se explique. Es ese picor en el alma de todas las noches, justo antes de acostarte, que sueles apagar poniendo Netflix y quedándote dormido sin apagar la tele. Es esa persona que se queda en silencio cuando tú estás alterado y te saca de quicio aún más. Por ello sigue ahí, siempre ahí.

                He realizado una descripción fenomenológica de lo que es, para mí, Bartleby, como causante de una vivencia filosófica, pero querría también que esto fuera una alabanza a todos los Bartleby del mundo. Los Bartleby, los Daniel Johnston, los Nietzsche, y demás outsiders, verdaderos retos para el sistema. Gente que, queriendo o no, ponen de manifiesto que no estamos a salvo dentro de las murallas, y que nos sirven de estímulo para superarnos a nosotros mismos, para romper los paradigmas en los que vivimos o, al menos, revisarlos en busca de posibles errores. Porque a veces podemos aprender de cosas menos grotescas que enfermedades o barbaries, o al menos creo que deberíamos.

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