LA PRIMAVERA ROMANA DE CHARLES BUKOWSKI

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BUKOWSKI. (Apoyado sobre la barra del bar, el autor de La máquina de follar aparece torpemente adecentado. Viste camisa desabotonada pero sin planchar, chaqueta de pana y jeans XXL. Dado que la escena es por completo imaginada, el escritor norteamericano ha abandonado por un rato los habituales tugurios de Los Ángeles en los que se mueve para frecuentar los bares de otra ciudad delirante: Roma. Sabemos que Bukowski estuvo en París, donde participó como invitado en un célebre programa de la televisión francesa, quizá desde allí se decidió a visitar Italia. Al contrario de lo que suele suceder afuera, en el ámbito de la imaginación los límites siempre se ensanchan, de modo  que no debemos sentirnos culpables si desavenimos las leyes de la lógica. Dentro del mundo de la literatura están permitidos los anacronismos, las deformaciones y la destrucción de hechos. Por eso BUKOWSKI sostiene ahora una Peroni o una Nastro Azzurro mientras charla con la camarera. Tratándose de alguien habituado a desayunar con cerveza, el sitio tiene que ser sucio, viejo y con un ventanuco pequeño por el que apenas traspase la luz, es decir, el espacio antagónico al famoso panteón de Agripa. En el bar hiede a pipí de gato. La camarera, naturalmente, debe tener el rostro ajado. Viste camisa con tonalidades grises, falda marrón hasta los tobillos y zapatos de tacón. En realidad parece una de esas monjas que cruzan la calle sin mirar atrás. Detrás del mostrador, la Nona observa al escritor ligeramente encorvada y parapetada tras unas lentes de cristal grueso. Aunque parece distraída, la Nona no pierde sin embargo detalle. BUKOWSKI habla con su habitual cadencia. Con tono suave y medido). Mira, la verdad es que el Vaticano es el sitio más repugnante que he visto nunca, quizá el sitio más repugnante después de Disneylandia, que ya es asqueroso. Lo he visto y he sentido ganas de vomitar. Roma ha sido tomada por los turistas, que son los nuevos bárbaros. Contra estos solo hay una legión que, por igualdad numérica, puede hacerles frente, y es la horda de los mendigos. Roma pertenece a los turistas o a los pordioseros. La pompa contra la mugre. A ti, como romana, no te queda más opción que presenciar desde la lejanía el modo en que estos se disputan las ruinas. El derroche contra la basura. De todos modos ya sabes de qué lado estoy yo, y lo que piense la Nona me trae sin cuidado. Cuando alguien viene y me pregunta qué me ha parecido San Pedro, siempre respondo que prefiero los alrededores de Termini, llenos de chaperos, carteristas, putas y vendedores de oro, a la Capilla Sixtina. ¿Y la Piazza Navona? No aguanté ni un minuto. El Coliseo, la Fontana y Vía Veneto… espero que se los trague la tierra un día de estos. Que no quede en pie ni una sola piedra. En esta ciudad solo me he sentido verdaderamente dichoso en el Campo de Fiori, de noche, cuando ya solo se oye el celo de los gatos. Allí, junto a la estatua de Giordano Bruno, he visto desfilar la madrugada hasta que la plaza ha vuelto a llenarse de puestos y tenderetes. A Bruno lo quemaron en esa plaza por decir, entre otras cosas, que más allá de nuestro planeta se extiende un número infinito de mundos, cada uno habitado por animales y seres inteligentes. Puede que la Nona no le conceda importancia, porque la Nona es una vieja supersticiosa, pero hay que tener agallas para afirmar que el universo es uno, infinito e inmóvil cuando estás rodeado de inquisidores. ¿Qué dices, Nona? ¡No te oigo! Soy duro de oído.

 

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